Mientras que un tercio de los filipinos se mueren de hambre, la presidenta de este país se gasta en una comida en Estados Unidos nada menos que 20.000 dólares, que es una cifra muy alta para una simple comida, que perfectamente se puede hacer en menos de 100 dólares, incluso si eres presidente. Es ciertamente algo desagradable que tu presidenta coma langosta y beba champán cuando sus ciudadanos están muriendo de hambre, algo muy lamentable y que demuestra que a la presidenta no le importa que la gente muera.

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Es una demostración de la buena vida que se pega la presidenta de Filipinas y lo poco que le importa que los filipinos tengan la necesidad de comer y no tienen comida alguna. La mayoría de los dirigentes viven muy bien y ganan grandes fortunas para el trabajo que hacen, pero además se puede permitir el lujo de comer todo lo que les apetezca. Todo ese dinero no es de la presidenta, sino es de Filipinas, de sus ciudadanos, pero a la presidenta tan sólo le importa poder comer bien y el resto es algo indiferente para ella.

Muchos otros presidentes hacen lo mismo que esta presidenta, pero al menos intentan disimular y no se gastan 20.000 dólares en una comida, en un buen restaurante de Estados Unidos, donde el champán, la langosta y otros buenos productos, han estado presente y la presidenta de Filipinas no pasa hambre, no como un tercio de los filipinos, que cada día no tienen nada para comer, ni mucho menos dinero para vivir ni comprarse nada. Este tipo de injusticias son las que llena el mundo de injusticias.